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sábado, 31 de agosto de 2013

TESTIMONIO PERSONAL

Hola, mi nombre es Helena, tengo 26 años y voy a relatarles mi historia.

Todo comienza cuando tras 15 años de ocultar mi secreto decido contárselo a mis padres.La noticia cayó como un huracán silencioso pues en un primer momento fue mucha comprensión, incluso comentaron la opción de vender propiedades para operarme, y apoyo creyendo que esta decisión sería algo momentáneo y no perduraría más allá de un mes, pero desgraciadamente todo cambió para mí transcurridos unos días: insultos, descalificaciones, amenazas entre otras lindezas.

Un día salí de casa, como de costumbre, y a mi regreso, unas horas más tarde, me encontré con que me habían cambiado la cerradura de la puerta principal, llamé y llamé hasta desfallecer sin obtener resultado alguno. Entonces no me quedó otra opción que llamar a un amigo, que me tranquilizó y amablemente me tendió la mano y me ofreció techo y comida.

Después de tres meses tuve contacto con ellos, me dejaron las cosas muy claras mientras evidenciaban lo mucho que les estorbaba, me dijeron que yo era poco menos que un engendro, ya que ellos habían tenido a un chico y no estaban dispuestos a tolerar otra cosa, menos aún a un travestí. ¡Qué terriblemente sola me encontré entonces! 

Tras esta ristra de insultos me cabreé muchísimo, pero no hice nada en ese momento pues me encontraba profundamente abatida. Fue poco tiempo más tarde que la rabia inundó mi alma. Dejé escapar entonces todo mi cabreo buscándoles para explicarles el tipo de “engendro” que habían tenido, pero las descalificaciones crecían y no encontré solución a mis zozobras con lo que decidí cortar la comunicación definitivamente y seguir mi vida asumiendo mi orfandad.

Pero dolía demasiado el vacío de la familia, la ausencia de mis padres, casi tanto como la furia que oprimía mi pecho frente su intolerancia. Los recuerdos de infancia me surgían empañados por el sufrimiento y los anhelos de felicidad. Sólo quería ser yo misma, ¿era tan difícil comprender aquello? En aquel momento de debilidad decidí hacer el último esfuerzo e ir personalmente a Archena para hacerles entender mi postura. Les explicaría que yo no era un ser abominable como creían y que mi comportamiento no les iba a hacer mella en su reputación. 

Curiosamente sus corazones habían latido al mismo compás que el mío y me los encontré en la puerta con los brazos abiertos. Fueron años de felicidad. Yo les visitaba y ellos me acogían gustosamente en su casa. Pero la felicidad no dura eternamente, y ante mi insistencia volvió a aparecer el fantasma de la intolerancia y las descalificaciones. Definitivamente, no recibiría ninguna ayuda de mi familia. Debía mentalizarme. Recuerdo que en una de mis patéticas súplicas le pedía ayuda para el sustento alimenticio, como último cabo al que aferrarme pues me había abandonado a mi suerte después de mis intentos de ser mujer y debido al rechazo social que sufría. El silencio de mi madre fue aterrador.

Recibí noticias de mi madre unos meses más tarde, en la carta me comunicaba que mi padre y ella habían hablado del tema largo y tendido y que habían decidido apoyarme en mi voluntad de operarme. No estaban dispuestos a dejar en la marginación a su hijo. De nuevo me equivocaba acudiendo a ellos. Creí que habían cambiado y que todas las calumnias lanzaban contra mí como engendro con pechos, hijo desnaturalizado, etc. cesarían, pero todo formaba parte de su retorcida estrategia ya que un día, si yo decidiera vivir mi propia vida lejos, como mujer, aunque sin cortar los vínculos, me echarían en cara su desamparo. Hay familias que piensan que los hijos se los ha dado Dios para su propio beneficio, que deben continuar los negocios familiares, algo parecido a perpetuar la especie. De repente me encontraba en un laberinto cuyas paredes estaban escritas con enormes grafitis que gritaban: ¿Cómo has podido hacerles esto a tus padres? ¿Hacerles?¿Yo? Si durante mucho tiempo me había desvivido por sus negocios en el pueblo, animado a mi madre a montar la asociación de mujeres empresarias o ayudando en la gestión de su casa rural en la Algaida. De repente podía unir las piezas del puzle, ellos serían las víctimas y yo el hijo desnaturalizado que abandonaría a sus padres. Un padre, una madre, debe entender que el amor de un hijo no ha de estar condicionado por nada. Si esto es así… ¿cómo es capaz aquel de llamar desnaturalizado a su vástago? El amor debe ganarse con amor y no con presión o chantajes. Deben comprender, debemos comprender todos, que nuestra misión en la vida es la de ser felices y hacer felices a los demás.

A pesar de mi decepción, varias fueron luego las negociaciones a las que acepté por necesidad y que siempre acababan con mi huida hacia ningún lugar, pues entendía que la única geografía que me oprimía era mi propio cuerpo. .

Actualmente tras años de terapia una psicóloga experta en maltrato me ha hecho caer en la cuenta de los daños recibido por mi familia. Ahora consigo dormir sin esos recuerdos de infancia que acababan con un huracán silencioso, yo frente a mis padres, hablándoles de mi felicidad. Cuantas pesadillas me provocaron su silencio.

He decidido contar mi historia para intentar concienciar a los padres con hijos transexuales. No son engendros ni enfermos. Necesitan mucho apoyo ya que es una situación muy dura. Les pediría que les apoyasen todo lo posible. A los familiares: tíos, abuelos, primos que muestren empatía con ellas ya que no es una decisión tomada de un día para otro. Es la propia naturaleza abriéndose paso en la vida hacia la felicidad.


Helena Gómez Martínez 

martes, 20 de agosto de 2013

MITOS ACERCA DE LA TRANSEXUALIDAD:

La mayoría de la sociedad tiene un concepto y unos mitos sociales acerca de lo que es la transexualidad. Muy pocos aceptan nuestra presencia sin cuestionamientos (a esto ayudaría bastante la despatologización de la transexualidad por parte de las autoridades competentes). La madurez social frente a las sexualidades sería un paso decisivo para nuestra libertad sin armario y, por lo tanto, hacia un estado de salud necesario para el ser humano. Recordemos que la OMS (Organización Mundial de la Salud) define el concepto de salud como estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de enfermedad o dolencia. La intolerancia social nos oprime de tal manera que nos impide nuestro pleno bienestar. Esa intolerancia parte de las creencias erróneas en torno a un sexo que no encaja en los esquemas heterocentristas (que rechazan un tercer sexo) y que repercute gravísimamente sobre un sector de la población.

Lo primero que debería de cambiarse es el mito de que la transexualidad es un capricho (este es un punto clave para la tolerancia de las personas trans). No es una idea pasajera decidida en una mañana, la persona transexual nace con esta condición independientemente de que en su niñez haya dado síntomas de mayor o menor muestra de virilidad; es decir, una persona afeminada no siempre tiene porque ser gay o transexual, en cambio, una persona que no haya dado manifestaciones de serlo, ni haya sido afeminado en su niñez, puede ser transexual y estar reprimido hasta límites insospechados, tanto que pueda llegar a afectarla a su salud de manera grave.

El hecho de ser más afeminado en la infancia no está unido a la transexualidad; de ahí los padres que manifiestan que su hijo no se puede sentir chica porque de pequeño era muy macho y no ha dado ningún síntoma de afeminamiento. Ese concepto está aún muy arraigado y las personas trans, dado el sufrimiento vivido, pueden ser muy camaleónicas y reprimir su personalidad hasta el punto de caer enfermas psicológicamente
antes de mostrarse con naturalidad.

Otro mito que me gustaría desenmascarar es que todas las personas transexuales son travestis o chicos vestidos de chica y viceversa. Este mito ha causado demasiado daño dentro de nuestro colectivo ya que no se puede opinar de algo sin conocer la realidad. Una persona travesti es aquella que no se siente mujer, solamente se viste como tal para realizar un trabajo remunerado o simplemente le gusta vestirse con ropa femenina, pero su identidad es plenamente masculina. En cambio, una persona transexual es aquella que, pese a la marginación, decide cambiarse de sexo con todo lo que con ello implica y ¿por qué?, dirán algunos, pues por la sencilla razón de que no pueden concebir su existencia siendo chico con cuerpo de chica y viceversa. Para nosotras es una verdadera tragedia, muchos incluso se plantean el suicidio antes de vivir la tiranía de una sociedad transfóbica. Quiero aclararlo para aquellas personas que afirman, por ignorancia, que se puede vivir en esta situación contrariada.

En último lugar, aunque no menos importante, me gustaría aclarar el mito que dice que la reasignación de sexo no conlleva problemas cuando se decide dar el paso. Primero, debes someterte a infinidad de pruebas psicológicas, análisis e ingresos hospitalarios; luego, tendremos que soportar las burlas, insultos, desprecios de tanta gente y afrontar el hecho de que tu familia te repudie, a pesar de que identifiquen tu libertad con una enfermedad. ¿Quién dice que lo nuestro es un capricho? Qué verdad es esa frase que dice: la ignorancia es muy atrevida.

Helena Blas Martínez  .

miércoles, 7 de agosto de 2013

¿QUÉ ES UNA PERSONA TRANSEXUAL?

Para comenzar diré que una persona transexual es simplemente una persona, aunque un porcentaje de la sociedad, afortunadamente cada vez menor, nos intente poner diferentes calificativos no muy gratificantes entre los que destacan monstruos, engendros, travelos, por no seguir con aquellos calificativos de peor gusto.

Realmente las personas transexuales somos seres extraños para la sociedad, pero… ¿por qué? Esa es la gran pregunta. ¿Por ser diferentes y no encajar en sus estereotipos arcaicos de lo que es un hombre y una mujer…?

Afortunadamente cada vez más, la sociedad nos empieza a ver tal y como somos: mujeres y hombres que como cualquier persona forma parte de la diversidad humana, desechando la idea de marginación y comprendiendo la necesidad de integración para convivir en un mundo más real.

Remontándonos a la historia de la transexualidad, dado que la transexualidad no es algo que haya nacido, como muchos y muchas piensan, de cuatro travestis con ganas de hacer el ridículo, no señores. La transexualidad tiene muchos años y siglos de antigüedad y, al contrario que en esta sociedad, éramos consideradas el culmen de la esencia humana, conocedora de las inquietudes de los hombres y mujeres, al compartir ambas esencias. El culmen de la perfección a pesar de lo feas o deformes que pudiéramos llegar a parecer, ya que nos aproximábamos a la idea de perfección de los dioses. Platón lo explicaría en su obra sobre el amor, el Banquete. Uno de los sexos estaba compuesto por la unión de hombre y mujer (hermafrodita). Zeus se vio tan intimidado por su fuerza e inteligencia que decidió lanzar uno de sus potentes rayos contra estos seres humanos para dividirlos y debilitarlos así.

Ciertamente, no es fácil de asimilar nuestra condición en esta época que vivimos. Actualmente nos encontramos, por la televisión y el resto de los medios de comunicación, sumergidos en un ideario de mentes cuadriculadas en torno a la cuestión de género: ¿Cómo ha de ser una mujer o un hombre en el ámbito físico, psíquico o emocional? Desde muy chicos o chicas se nos configura la mente. Estos patrones no siempre fueron así, más bien son producto de una sociedad ignorante, que pierde su sentido al prescindir de su propia historia y de la propia esencia y conducta de los seres humanos. Atacar a lo distinto es arrastras al ostracismo a la propia naturaleza humana. No debe permitirse que la transexualidad sea una realidad invisible a los ojos de la sociedad.

Nosotros y nosotras no hemos elegido ser transexuales masculinas o femeninos o de otro género aún no estereotipado; solamente queremos ser y existir, cualquiera que sea la referencia cruzada entre nuestro cuerpo y nuestra identidad, sin que por ello lleve a nadie al escándalo. Esa ignorancia que antes cité quizás la debiera de unir a la indiferencia de aquel a quien no le afecta más que sus problemas, que no mira más allá de su ombligo. La falta de empatía, sensibilidad y corazón es el verdadero hándicap de nuestra era: “Como no es mi problema me es más cómodo posicionarme, cual marioneta sin criterio, del lado del estereotipo ignorante en vez de intentar cambiar mis patrones mentales. Dichos patrones son herencia familiar y debo guardarlos como reliquias y no pienso salir de ahí pues a mí me valen.”

No se sabe el daño que se puede hacer de una manera tan gratuita con esas miradas, insultos o frases despectivas de aquel que encaja en una sociedad “perfecta” y “heterocentrista” donde, desde siempre, se ha dictado cómo comportarse, qué pensar, cómo vestir… Todo ello ha de reportar felicidad (efímera, claro) ya que no se tiene que sacar el “yo” pero esto, a la larga, crea insatisfacción. El patriarcado arcaico nos envilece y nos convierte en borregos que reprimen sus sentimientos. Mucha gente se sorprendería si dejara fluir libremente la manera de sentir. Pero, a pesar de intuir que esa libertad les haría más felices, la frenan. Nosotros deseamos ser felices y no queremos renunciar a ella. No estamos dispuestas a renunciar a la felicidad por intentar encajar la pieza en el puzle equivocado de la sociedad.

Pero nosotros y nosotras no podemos obligar a nadie. Está dentro de cada persona el querer ver la realidad o vivir en su burbuja de ignorancia.

Helena Blas Martínez 

domingo, 14 de abril de 2013

TRANSEXUALIDAD Y EMPLEO

La mayoría de las personas transexuales tenemos que vernos abocadas a la prostitución para poder comer. Somos un colectivo minoritario e inexistente que por desgracias somos invisibles a los ojos de la sociedad y el Estado, así como de las diversas asociaciones que existen en España.


Afortunadamente para diferentes colectivos más desfavorecidos existen asociaciones que insertan en la sociedad a personas ciegas, sordas, enfermos mentales, con enfermedades raras, pero desafortunadamente para nosotras, no hay ninguna asociación dedicada a la transexualidad y a la reinserción social, dado que no estamos reconocidas y somos enfermas mentales por las leyes de este país y en la cartera de enfermedades (donde injustamente sigue apareciendo la transexualidad como enfermedad).

Las personas con discapacidad tienen una remuneración económica y además entran en un programa de inserción laboral de las Administraciones Públicas con el fin de integrarlos en la sociedad. Nosotras, si bien es cierto que no sufrimos una enfermedad psíquica, sí sufrimos una enfermedad social y muy grave. Dicha enfermedad conlleva marginación, exclusión familiar y laboral y lo más importante, exclusión personal frente a cualquier actividad pública en la que se nos pretende invisibilizar.

A través de este artículo me gustaría reivindicar la necesidad que tenemos las personas transexuales de una visibilidad e inclusión urgente ante esta sociedad del siglo XXI, preparada para aceptar la diversidad de las sexualidades, mal que le pese a los políticos de turno empeñados en que esto no sea así.

Una persona transexual es un ser humano normal y corriente que necesita comer, relacionarse, que tiene sus sentimientos y desarrolla su afectividad como los demás. No somos engendros que nos alimentamos de la nada. Hubo un tiempo, en la Antigüedad, en el que los transexuales éramos vistos como seres dignos de admiración e incluso se nos pedía consejos en las diferentes cuestiones de la vida porque apreciaban nuestra manera global de comprender el mundo. Con el tiempo se ha perdido esta sabiduría… ¿por qué ha cambiado todo tanto?

Comprendemos que esta realidad es traumática para muchos. Pero solo pedimos que la gente amplíe un poquito la capacidad de mirar a sus semejantes. De comprender que esta mundo está lleno de seres excepcionales, nosotras en nuestra sexualidad, otros en la suya: heterosexual, homosexual, bisexual… pero únicos e igualmente valiosos. 



Helena Blas Martínez 

miércoles, 6 de marzo de 2013

LA MUJER TRANSEXUAL TAMBIEN REIVINDICA EL 8 DE MARZO

El próximo jueves 8 de marzo conmemoramos el Día Internacional de la Mujer y por este motivo desearía aprovechar la oportunidad, que esta ocasión me brinda para pedir, justificándolo desde mi experiencia vital, la visibilización del colectivo, al cual represento, demandando la inclusión de nuestras reivindicaciones en la celebración de tan importante fecha en el calendario reivindicativo. 

Con la intención de contar en primera persona y desde mis propias vivencias la doble discriminación, que sufrimos las personas que pertenecemos a una minoría sexual, tanto por ser mujeres como por ser transexuales; no me queda mas remedio, que retroceder hasta el año, 2008, en el que fui, después de tres años, despedida de mi trabajo como masajista en un balneario, digo despedida entre comillas por que el teléfono que debía de sonar ese sábado para confirmarme la hora de entrada no sonó. 

Le siguió un rosario de idas y venidas al balneario, más concretamente al despacho del jefe de sección de baños pidiéndole, que me explicara el motivo, por el cual mis servicios ya no eran requeridos. 

Al principio sus respuestas eran bastante lógicas y convincentes: "Que si había poca gente....; que en cuanto se moviese la cosa me iban a llamar...; que siguiera insistiendo...; pero pasados cuatro o cinco meses sus respuestas sonaban a mentiras. 

Fue en esta época, cuando comencé el proceso del cambio; gracias al cual descubrí, que lo que durante tantos había sospechado era cierto, es decir que mi cuerpo y mi mente no estaban en concordancia. 

Esta confirmación me dio fuerzas para asumirlo y gracias a unas estupendas profesionales empezaron a manifestarse externamente los caracteres secundarios (pechos, aclaración de la voz, etc.) propios, de lo que yo era realmente, una mujer 

Mi dulce hogar se había convertido en un infierno. Lo que en un principio parecía ser aceptación y apoyo se transformó en reprimendas y reproches desde el momento, en que tomó carácter social y fue de dominio público. Fue precisamente enana de estas frecuentes discusiones familiares cuando salió a la luz la verdadera causa de mi despido. Mi madre había sido informada de que mi presencia, debido a la imposibilidad de ocultar unos senos, que gracias a la hormonación cada vez eran más abultados y manifiestos, iba a dar que hablar entre los clientes, dañando de esta forma la buena imagen de la empresa. 

Dejé mi hogar con la esperanza de poder encontrar en algún otro pueblo de Murcia un trabajo que me permitiese vivir dignamente. Pero sorprendentemente, a pesar de haber residido en cuatro domicilios diferentes, en ninguno pude encontrar una colocación a pesar de estar perfectamente capacitada, con titulaciones tan dispares como pueden ser masajista y auxiliar de clínica entre otras. 

A lo largo del tiempo he ido conociendo a otros/as personas transexuales, que me han permitido descubrir que mi caso no es un hecho aislado y que la prostitución se convierte en la mayoría de las ocasiones en el aparcamiento de las sucesivas discriminaciones que sufrimos y entre ellas la principal, la exclusión del derecho a un trabajo digno. 

La desinformación social que confunde a menudo transexualidad con travestismo, la culpabilización, argumentando que nuestro cambio, se debe a un mero capricho y no a una necesidad vital de poder tener una identidad acorde con nuestra mente; suelen ser las causas principales que nos abocan a la ultima fila de los repudiados/as de la sociedad.

Por este motivo, para acabar con está situación de marginación, resulta imprescindible, que la familia y la seguridad social te concedan la oportunidad de disfrutar de la operación, por medio de la cual toda tu perspectiva de futuro cambia, entrando a formar parte de la normalidad y empiezas a gozar de esa felicidad que a ningún ser humano se nos debería negar. 

Pero no quiero terminar con victimismos. El mundo cambia a pasos agigantados y la visibilidad de la realidad transexual es progresivamente más evidente.

Nuestra problemática resulta paulatinamente mas conocida y apoyada por un ciudadano de a pie sensibilizado con cualquier sufrimiento innecesario. 

Los especialistas ya nos entienden, los padres sacrifican sus bienes para nuestras operaciones de cambio de sexo, nuestras parejas ven por encima del físico. Pero por último y para completar este canto de optimismo, sólo nos resta conseguir que los empresarios conciban nuestra identidad de género, no como un obstáculo; sino como un valor añadido, que suma a sus empresas calidad, tanto profesional como humana y nos den una oportunidad en el mundo laboral.

Helena Blas Martínez 

domingo, 3 de febrero de 2013

TRANSEXUALIDAD Y MATRIMONIO



Cuando nos referimos al término ser humano, generalmente se nos viene a la cabeza hombre o mujer, pero, ¿que criterios seguimos para hacer esta distinción? ¿La partida de nacimiento?, ¿lo físico?; ¿lo psíquico?

Estas tres preguntas nos las deberíamos plantear detenida y detalladamente a la hora de valorar los términos hombre y mujer, en especial, aquellas personas encargadas, en nombre de Dios, de dar los Sacramentos, en especial, el de Matrimonio, y dentro de esta reflexión planteo una serie de cuestiones que creo que no están del todo definidas en la sociedad actual, por absurdo de parezca en el siglo XXI.

1- ¿Diríamos que una mujer, por el simple hecho de ser biológica, es superior o más mujer que otra que, aun a pesar de haber nacido varón, su físico, psicología y carnet de identidad dicen que es mujer? 

2- ¿Por qué todavía se tiene ese pensamiento, bajo mi punto de vista, arcaico de que para casarse ante los ojos de Dios y bajo la potestad de la Iglesia tienen que ser hombre y mujer?, o todavía mas rebuscado, ¿por qué a una chica transexual se le suprime el derecho a recibir el sacramento del matrimonio aun siendo creyente por un pensamiento o idea transfobica de esta entidad? 

3- ¿Acaso Dios hizo distinciones entre sus hijos y seguidores o los trató a todos por igual sin discriminar a nadie? 

Todas estas cuestiones por repetitivas que parezcan, hoy en día, no están zanjadas y por desgracia todavía hay muchísima marginación por parte de esta entidad que se encarga de dar los Sacramentos y decide quien es apto o apta para recibirlos, este tema lleva mas miga de lo que parece, pero desgraciadamente no se hace nada al respecto. Todo esto lleva consigo, aunque no lo veamos tangiblemente, un fondo de machismo, transfobia y homofobia 

Ya sabemos de antemano que es un tema delicado, puesto que desde hace siglos se instauró estas leyes dictatoriales que supuestamente viene de Dios y de tiempos inmemorables, aunque personalmente lo dudo dado que se han podido manipular al antojo de esta entidad, la cual acusa una falta de transparencia y hermetismo interno.

¿Por qué nos empeñamos en poner en boca de Dios convicciones nuestras?, estamos de acuerdo que Dios dijo que el significado de familia era hombre y mujer con lo que conlleva crear una descendencia, pero, ¿acaso una persona transexual, con todo su proceso terminado, no puede casarse a causa de esa convicción arcaica? 

Personalmente, creo que si Dios viniera a esta era, cambiaría muchísimas cosas que se han catalogado con sangre, y lo que es peor: no te reveles, puesto que la rigidez de esta entidad es férrea y cualquier persona que se revele o que no crea y ejecute a pies juntillas estas leyes queda automáticamente expulsado de ésta. 

Termino con una reflexión: Dios dijo: <<Amaos unos a los otros, como yo os he amado>>; yo me pregunto si no existe cierta hipocresía entre lo que hay que hacer y lo que se hace. 


Helena Blas Martínez